martes, 5 de julio de 2011

¡Oe! en mis tiempos no era así: Pensando en valores y cápsulas de tiempo.



         
“No sé cómo se atreven
A vestirse de esa forma
Y salir así
En mis tiempos todas las mujeres
Eran serias no había punk
Coro
Hey pa fuiste pachuco,
también te regañaban.
Hey pa bailabas mambo,
tienes que recordarlo…”
“Pachuco”  La Maldita Vecindad.

La petición de principio de éste escrito es simple: guarde las presentes palabras en una cápsula de tiempo; ocúltelas en un lugar donde sepa encontrarlas. Deje que pasen los momentos programados en su vida: su universidad, su primer trabajo, su primer compromiso económico o la alegría de poder verse en el mañana y al fin, rescátelas en unos años. Usted tendrá valores parecidos a los míos y seguramente concentrará escalofríos cercanos a los que tuve ese martes de 2011 al que me referiré en breve.
Rumbo al afán cotidiano de mis días,  tome un transporte público, al no tener mi “aislador de mundos” que es el mp3, escuche  una conversación de tres estudiantes de universidad, que por su aspecto y lenguaje, supuse que no sobrepasaban los veinte años. Un extracto de esa conversación es el comienzo efectivo del presente escrito:
(Sic)
&;…….Y entonces, pues normal.
&Pero no sé marik, el man  aguanta pero no sé  Hue´on
&Dale total es solo goce y ya.
&Si pero para la próxima no debo estar tan prenda
&¿Pero mucho?
&¡Total!  
De entrada, la conversación (no me incumbía para nada) me hizo pensar en tres nuevas costumbres de rituales de interacción juvenil (cfr. Gofman 2000): los insultos de mi generación ya no son ofensivos para los nacidos en los noventas, sino signos de puntuación (comas y puntos);  descubrí que las mujeres se dicen a sí mismas una palabras que están lejanas de su género con gran naturalidad y finalmente, algunos veinteañeros utilizan su ropa interior para una estética exterior.
Mire hacia otro lado y me dije lleno de amargura generacional: ¡hum! , ¡Que tal! Pero luego reflexione un poco preguntándome  ¿Que significa prenda?, deberá ser ebria o  prendida como un faro, debo preguntarle a mi sobrina.







Fue allí, donde un escalofrío recorrió mi recién adquirida personalidad de adulto: ya no soy joven; dije exactamente lo que mi hermano de 49 o mi padre de 60 dice en estos casos, estoy murmurando las palabras que comentaría mi padre, cuando era yo el que en las épocas del  Grounche, entonaba las canciones o me vestía con la estética de Seatle.
Es cierto que cada generación entra en un círculo de dinámicas que determina su propio sentido de vida: la ropa que se usa, la música que escuchan, incluso las palabras que usan y los valores que defiende. Pero ahora, como antaño, existe esa tentación "irresponsable"  donde el  egoísmo absoluto se compensa por el "individualismo responsable". Por eso la libertad moral y los valores de lo individual, fruto de los ideales ilustrados, queda compensada con cierta “moral colectivizante de la televisión” (Lipovetsky, 1992), la moda, los media, las dinámicas de los nodos red.    
No puedo dejar de pensar que todo ello, todo ese sentimiento colectivo, solo se revitalizará con un concierto de alguna banda del pasado que canta a cuarentones sus ecos de ayer.  Por eso el argumento que esbozo en este escrito es - tal vez incomodo pero al final posible- no importa lo fuerte que escuchemos la música, o lo mucho que movamos la cabeza en Rock al parque, seguramente miraremos ese lugar tranquilo del pasado, añorando las viejas épocas, recordando las palabras que nos suenan conocidas,  citando el tan consabido: en mis tiempos los jóvenes éramos diferentes, existían valores. 
Como nos recuerda Esther Díaz,  nosotros asignamos ciertos significantes (las palabras) a realidades (cosas),  pero lo convertimos por la fuerza de la costumbre en meros sonidos, “que por tener sentido son metáforas, y que por un olvido de que lo son, terminamos creyendo que son la realidad”.  (Díaz,  2004). Así las cosas,  Creemos que las metáforas que decimos para referirnos a las cosas son del orden de la verdad, son absolutas, eternas inamovibles, sin tener cabida a otras interpretaciones. Sin observar justamente que esos significantes cambiarán por la fuerza de nuevas costumbres, nuevos rituales que se esforzarán en concebir las realidades ya definidas pero en otras palabras.  
Pero no nos llamemos a engaño, los valores están allí simplemente como metáforas, mutan y  cada generación los dinamiza.  ¿Qué es un valor? Los jóvenes nacidos en los noventas (algunos que apenas empiezan su vida universitaria) dirán que es una serie de preceptos que son  aprendidos desde niños y que están encerrados en lo que debería ser un “niño bien”. Seguramente los valores  que defienden los padres y las instituciones de estos jóvenes, les parece simplemente eventos pasados de los que debemos ir en contra.   
Ahora el cambio es más veloz y las interpretaciones se vuelven obsoletas con mayor velocidad (la obsolescencia, una palabra inquietante y abrumadora) y esto se debe a esa tendencia, como bien lo indica Bauman de agolpar en una carrera alocada, la liquidez de los vínculos sociales formando metáforas nuevas, comprensión y explicación de realidades nuevas (como en el caso de las realidades virtuales como Secod Life o W.O.W.) Una carrera que nos lanza a relaciones más rápidas y de bolsillo; momentos de amor fugaz donde se entrega todo porque no hay tiempo que perder en el Mc mundo del consumo diario e impactante.
Ahora bien, aquí o allí las palabras se convierten en el vehículo para transmitir ese aroma a generación, esa identificación de grupo que no olvidamos e incluso añoramos. Seguramente pasaremos de esos pactos tan fugaces a cosas aún más rápidas y quizá la siguiente generación no se encuentre en dinámicas líquidas sino gaseosas y sean esas dos muchachas que escuche, las que se aterren frente a sus hijas y su forma tan veloz de llevar su vida, sintiéndose cercanas a la metáfora de la espuma: la naturaleza que nos une se vuelve cada vez menos tangible y más volátil o tal vez no (Bauman 2003)  
Mi reflexión va un paso adelante resaltando algo ya mencionado: existen palabras llenas de significado para una generación, pero para la siguiente, este valor que le asignamos a las palabras muta, porque la costumbre se transforma. Un insulto en una generación tal vez sea un símbolo de fraternidad en la siguiente. Una práctica que puede ser considerada inmoral, en unos años será un método de diversión “apropiada”.  

Cuando escuchamos expresiones como: mi perro, parcero, marik,  no podemos dejar de lado la carga que en los noventas tuvieron por la explosión del a cultura mafiosa en Colombia.  Ahora son simples expresiones de cariño o afecto (claro si son dichas en un tono apropiado)  La expresión ¡Oe! Que es vendida en una camiseta, en la siguiente época puede ser un elemento de rechazo social.
 ¿Cómo sobrellevar los cambios naturales del paso de las posteridades? ¿Cómo juzgar acuerdos consensuales si nosotros consideramos sus expresiones apresuradas y su vida intensa, mientras ellos miran a los mayores de 30 como “los que ya pasaron su momento”? ¿Cómo dialogar con personas que contienen valoraciones diferentes a las mías? No es mala idea pensar en la expresión griega AGON (ver al otro como un ser igual a mí y en el diálogo, encontrar en el otro una enseñanza que puede reforzar la mía) para recordar aquellas palabras viejas de ser mayores de edad mental: ser dueños críticos de nuestro propio destino y ser consciente del cambio de la costumbre y el valor, respetando al otro como constructor de un camino nuevo. (Pensando en el problema de los valores que se invierten cada cierto tiempo y el prejuicio generacional de siempre presentado por Nietzsche en su Genealogía de la Moral)   No es simplemente hablar como lo hacen los jóvenes o envejecer el lenguaje para que pueda ser aceptado en un círculo determinado. 
La invitación es a desarrollar elementos de juicio crítico para entender que no existe algo que no pueda ser tomado en muchos sentidos, que una palabra con un tinte moral o de valores determinados, puede ahora significar otras formas de definir nuestro entorno.  Eso es justamente lo que las cátedras transversales de nuestros programas académicos hacen en los jóvenes que llegan a la vida universitaria: brindamos elementos de juicio necesarios para observar de una manera global que los cambios y transformaciones sociales, pueden tener elementos de juicio concretos en momentos determinados, pero no en una sola visión: las generalidades nos llevan a caer en fundamentalismos si no tenemos elementos de juicio concretos que nos inviten no solo a “tragar entero” sino a ser transformadores de la opinión, respetuosos de los consensos sociales.  



Tratar de enseñar o aprender valores sin tener en cuenta que las palabras cambian la percepción de una generación a otra debe ser entonces una tarea de tolerancia e interpretación constante; enseñar desde la orilla en que hemos sido enseñados, no es una táctica apropiada si no somos capaces de dialogar con los otros “ismos”; juzgar desde nuestras costumbres y valoraciones, nos lleva a crear una serie de mal entendidos y prejuicios de entrada.  Aún más,  si se juzga el actuar concreto de una persona, sin tener en cuenta toda la existencia que existe detrás, toda su “historia de la vida”, sin que tengamos una cierta acción de discurso (Habermas 1998) estaremos condenados al ruido constante, al prejuicio que solo nos dan los estereotipos o las etiquetaciones: cuanto aprendí el día que no me dejé llevar por un estereotipo y aprendí que en el parlache o en las construcciones actuales, hay mundos que explican mi realidad también.
Aún más, no podemos olvidar que la capacidad que tenemos de decidir, de tener libertad, de conservar esa serie de planteamientos morales,  depende de la capacidad de acción: todos tenernos un conjunto de acciones, políticas, sociales, culturales, pero de nuestra experiencia crítica depende si las potenciamos cuando las utilizamos o no.
Allí radica el verdadero reto: hay que escuchar las nuevas palabras (o las mismas palabras incluso)  y en ellas identificar que valores son asignados y que carga tienen para hacer reflexiones concretas: viejos problemas pero con nuevos enfoques.  Con todo lo anterior, las  palabras pueden lastimar si no  hay la capacidad de entrar a identificar lo que significan. Las palabras nos hacen entender o no por medio de la acción comunicativa, verdadero acuerdos consensuales, los valores para encontrar una coherencia entre las acciones y las razones.    
Si un dedo acusador entonces pregunta cómo podemos identificar los valores que encierran las nuevas palabras, la respuesta es simple: hermenéutica.  Solo por medio de un diálogo honesto con el otro, podemos encontrar los valores en los que han sido fundados sus costumbres o simplemente en qué momento de vida esta aquel que está al frente nuestro.
¿Los jóvenes tienen valores? ¿Son iguales a los nuestros? ¿Qué valores defendemos en medio de nuestro pacto consensual?   Esas preguntas nos hacen pensar justamente el valor que pueden tener las palabras que utilizamos en nuestro cotidiano y el uso con las que expresamos nuestras costumbres morales. 
Finalmente piense en estas palabras como en una cápsula del tiempo y reflexione  si en 20 años cuando se diga: “era mejor mis tiempos, Don Omar tenía canciones llenas de sentido, no esta música de ahora   Sonreirá al darse cuenta que tal vez sea el momento de observar que el tiempo ha pasado y que ya no es el futuro de la nación sino el pasado añorante: pregúntese en ese momento que quieren decir los jóvenes de entonces y cuáles son los valores que defiende esa generación y si son los valores que con tanto ahínco usted defiende ahora.
Pero por el momento, no repare a aquel que de manera divertida lo ve con asombro, pregúntese cuáles eran los valores que el observador tenía y así aguzará los sentidos al encontrar esta petición de final: las palabras cambian, pero los pactos sociales se mantienen.  Así que yo de manera coloquial dejaré: pelado, deje que ya me entenderá por el venga hablamos…agonía.
Bibliografía.
&_______________La Maldita Vecindad y los Hijos del quinto patio. Letra de canción Pachuco México (1989). D.R.A.
&Bauman,  Zygmunt, Modernidad líquida,  Editorial Fondo de Cultura Económica, México DF, (2004) Introcucción.
&Díaz,  Esther “Nietzsche entre las palabras y las cosas” Ponencia leída en el panel “Nietzsche en Foucault”, en las Jornadas Internacionales Nietzsche (2004), organizadas por la Revista Instantes y Azares y la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, realizadas en la Ciudad de Buenos Aires, del 14 al 16 de octubre de 2004.
& Habermas. Teoría de la acción comunicativa, Edit. Taurus, tomo i, Madrid,
(1988)

Lipovetsky , Gilles El crepúsculo del deber.  La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Editorial Anagrama 1992.  Introducción. Nietzsche, F. La Genealogía de la Moral. Tratado primero. Alianza, Madrid.1995.

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